24 de enero de 2013

TIERRA DE BRUMAS

No hay lugar para la Muerte
ni átomo que su poder pudiese vaciar
porque tú eres Ser y Aliento
y lo que eres jamás será destruido.
                              Emily Jane Brontë
                                              (1818-1848)


El viento sopla con fuerza en el páramo durante una gélida noche invernal. En la última casa de un pequeño pueblo del norte de Inglaterra, cuatro hermanos, tres niñas y un niño, se reúnen junto al fuego para entretenerse creando mundos imaginarios, los reinos de Angria y de Gondal, con sus personajes y sus historias. Lo que las niñas no saben es que su juego de mundos inventados será el germen de las que habrían de convertirse en obras inmortales de la literatura universal. Esas niñas eran Charlotte, Emily y Anne Brontë.

En los desolados y solitarios páramos de Yorkshire transcurrieron las vidas de las hermanas Brontë, y apenas los abandonaron a lo largo de su existencia. Es cierto que Haworth, el pueblo donde vivieron hasta su muerte, no era un lugar completamente aislado, y ellas no fueron ajenas a los acontecimientos de su época. No obstante, la soledad caracterizaba esa tierra baldía, donde siempre soplaba un viento perturbador. Por eso resulta sorprendente que tres mujeres jóvenes, con muy pocas experiencias vitales, crearan novelas poderosas, violentas y llenas de rebeldía.



Su padre, Patrick Brunty, era un irlandés pobre, pero ambicioso y con mucho interés por la educación. En 1802 empezó los estudios de Teología en la Universidad de Cambridge y allí, influido por las lecturas clásicas, modificó el apellido familiar y lo convirtió en Brontë, que en griego significa “trueno”. Curiosa y simbólica decisión, teniendo en cuenta el destino de su familia.

En 1812 se casó con María Branwell, y tuvieron seis hijos, trasladándose toda la familia en 1820 a Haworth, en Yorkshire, donde Patrick consiguió un puesto de párroco permanente hasta su muerte en 1861. Y allí, en la rectoría, vivieron y murieron las hermanas. Todavía hoy se puede visitar la casa, un austero y sombrío edificio junto al cementerio. La primera en recorrer el camino hacia este último fue la madre, que, tras una larga agonía, murió de cáncer en 1821.




De manera que demasiado pronto quedaron los hermanos huérfanos de madre, y no parece que la carencia de ese amor maternal acertara a suplirla la tía Elizabeth, hermana soltera de María, llegada de Cornwall para atender a los niños Brontë. Las dos mayores, María y Elizabeth, no llegaron a mujeres, muriendo de tuberculosis a la edad de doce y diez años, tras contraer la enfermedad en la escuela de Cowan Bridge, un internado para hijas de clérigos. Patrick había mandado allí a sus cuatro hijas mayores, María, Elizabeth, Charlotte y Emily. Pero las condiciones de vida en la escuela eran terribles, llevando a la muerte a un gran número de alumnas: pasaban hambre y frío y sufrían castigos y humillaciones. La traumática experiencia de Cowan Bridge dejó en Charlotte, que entonces tenía ocho años, una huella para toda la vida, y años después reflejaría las duras condiciones de esa escuela en Jane Eyre, plasmando en el personaje de Helen Burns a su sensible y abnegada hermana mayor, María.

A partir de su salida de ese internado, las hermanas se educaron en Haworth. Charlotte, Branwell, Emily y Anne heredaron la pasión por el arte y la literatura de su padre, y éste alentaba, no solo en Branwell, sino también en las niñas, su amor por la lectura. Patrick no era, desde luego, un hombre convencional y se preocupaba por la educación de sus hijas. Las niñas recibían clases de su padre, debatían con él los asuntos de la actualidad, leían y escribían, sobre todo, escribían. Y así, frente al sufrimiento y la soledad, los niños Brontë se refugiaron en la fantasía. “Tan desesperanzador es el mundo exterior/ que aprecio doblemente el mundo interior”, escribiría Emily.

Crearon las crónicas de los reinos de Angria y de Gondal y escribieron varios números de una revista que incluía un comentario editorial, reseñas de libros, poemas originales suyos, adivinanzas, historias por entregas y comentarios sobre noticias, todo ello a escala reducida pero cuidadosamente encuadernado. Fuente de inspiración para estos pequeños escritores fueron, además de las lecturas de todo tipo y revistas de la época,  las historias que les contaba la vieja criada de la casa, Tabby, sobre fantasmas, duendes y hadas que habitaban los páramos, así como sobre las gentes de la zona. En Tabby seguramente se inspiraría Emily para crear a la principal narradora de Cumbres borrascosas, la criada Nelly Dean.

A la edad de quince años Charlotte pasó año y medio interna en un colegio, Roe Head, donde posteriormente, en 1835, se le ofrecería un puesto de profesora. Más tarde trabajó de institutriz, y viajó a Bruselas para perfeccionarse en el pensionado Héger, soñando con hacerse cargo de Roe Head como negocio propio. Emily llegó a pasar un breve periodo de tiempo con ella en la escuela y en el pensionado belga, pero echaba de menos su hogar y, tras el fallecimiento de su tía, ya no salió de Haworth. Anne también se educó en Roe Head durante un tiempo y trabajó varios años como institutriz.

En Bruselas, Charlotte se enamoró del director y propietario de la escuela, Monsieur Héger, pero éste estaba ya casado y además, no la correspondía en sus sentimientos. Y así, en enero de 1844, la joven volvió a casa destrozada física y emocionalmente, al mismo tiempo que se desvanecía la esperanza de abrir su propia escuela.

Por esa época, Charlotte descubrió los poemas que Emily había estado escribiendo y se le ocurrió publicar un libro de poesía conjunto de las tres hermanas, que aparecería editado en 1846 bajo los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, nombre ambiguos, ni masculinos ni femeninos, que mantenían sus iniciales. A partir de entonces, las novelas de las hermanas empezarían a ser publicadas, no sin dificultades, pero con un éxito inmediato. Y así, han llegado hasta nosotros Jane Eyre (1847), Shirley (1849), Villette (1853), y El profesor (1857), de Charlotte Brontë, Cumbres borrascosas (1847), de Emily, y Agnes Grey (1847) y La inquilina de Wildfell Hall (1848), de Anne.



           En estas obras quedaría reflejada la personalidad de las tres jóvenes escritoras. Charlotte era fuerte y rebelde, pero sumisa, reprimida y extremadamente tímida. No era físicamente agraciada, pero ella se consideraba repulsiva, mostrándose muy incómoda en sociedad a causa de su fealdad.  Este hecho era percibido por los que la conocían, como el escritor y amigo suyo William M. Thackeray, o su editor, George Smith, quien escribió en cierta ocasión: “Había poco atractivo femenino en ella; y de este hecho ella era incómoda y perpetuamente consciente… Creo que habría dado toda su genialidad y toda su fama por haber sido hermosa”1. Probablemente la conciencia de su falta de belleza fue la que la llevó a crear en Jane Eyre una heroína distinta de las hermosas protagonistas de las novelas de su época, una muchacha que destaca por su personalidad y no por su aspecto físico. Quizás Jane representa lo que Charlotte quiso pero no pudo ser, o la historia con final feliz que no pudo vivir.

Emily no era como sus hermanas. Era la más indómita y la más solitaria, introvertida, pero no tímida, y a la que más influyó la libertad e independencia del vasto paisaje en el que se crió. Alejarse de los páramos era insoportable para ella y su amor por estas tierras inhóspitas transmitiría a su obra una fuerza, originalidad y melancolía salvaje impresionantes. Su hermana Charlotte escribió: “Emily amaba los páramos. Flores más brillantes que la rosa florecían en lo más negro del brezal para ella; su mente podía convertir en paraíso una hondonada sombría de una lívida ladera. Hallaba en los desolados campos solitarios muchos y amados placeres; y no era el menor ni el menos grato de ellos la libertad”2. Un cautivador cuento titulado “Elinor”, de la escritora inglesa Charlotte Mew, inspirado en la figura de Emily Brontë, recrea la compleja personalidad que pudo tener esta escritora.



La pequeña Anne fue la más delicada de salud, dulce y seria, pero valiente, tenaz y decidida. Aunque no fue fácil para ella, se adaptó a la vida de la escuela de Roe Head, algo que Emily no pudo aguantar, y de las tres hermanas fue la que más tiempo resistió trabajando como institutriz. Las experiencias que la joven tuvo en este trabajo acabarían cristalizando en su novela Agnes Grey.

Las tres jóvenes tenían un talento extraordinario, pero a pesar de eso, Patrick Brontë siempre había tenido las esperanzas puestas en su único hijo varón, Branwell, a quien había preparado para una carrera de artista. Sin embargo, ese muchacho, criado entre niñas sabias e imaginativas, fue incapaz de ganarse la vida y acabó entregado a los excesos del opio y del alcohol, que terminarían por destruirlo.

Branwell nunca llegó a saber que sus hermanas habían publicado sus primeras obras. Murió de tuberculosis el 24 de septiembre de 1848, arrastrando con él a Emily, que, tras la muerte de su hermano, se negó a comer y a recibir al médico, falleciendo tres meses después. Cinco meses más tarde murió Anne, en Scarborough, donde Charlotte la había llevado, ya muy enferma, porque la joven quería ver el mar antes de morir.

Tras la pérdida de sus hermanos, Charlotte siguió escribiendo y volvió a enamorarse, sin esperanzas, de su editor, George Smith, que acabó casándose con otra mujer en 1854. Unos meses después, Charlotte contrajo matrimonio con Arthur Bell Nicholls, un joven sacerdote, ayudante de su padre, que la amaba apasionadamente. Pero la recién estrenada felicidad duró poco: la escritora enfermó estando embarazada, y murió el 31 de marzo de 1855.


Y así fue la vida de las hermanas Brontë, una oscura y trágica existencia marcada por el dolor y llena de deseos insatisfechos, a los que dieron cauce a través de sus obras, creando una leyenda que sigue hoy misteriosa y viva para los lectores de todo el mundo.

Yo tenía quince años cuando cogí prestado un libro de la biblioteca de mi abuelo. Esa obra era Jane Eyre y ya nunca se la devolví. Desde entonces he leído todas las novelas de las Brontë y algunos de los poemas de Emily (todavía no he encontrado una edición de su poesía completa en castellano). Y tres de sus obras me atravesaron de pronto, sin estar preparada, alojándose en mi interior para siempre. Sucedió con Cumbres borrascosas, esa historia de pasiones violentas y un héroe demoníaco ávido de venganza; pero también con Jane Eyre, protagonizada por una muchacha nada convencional, creada así por Charlotte para demostrar a sus hermanas que una heroína podía ser interesante sin ser bella; y, finalmente, me ocurrió con Villette, que transmite de manera genial la angustia y la soledad de una joven que no es nada para nadie…

Y desde entonces, siempre que vienen a mi mente estas escritoras, las imagino así: a Emily recorriendo el páramo con la única compañía de su perro Keeper; a Anne frente al mar, poco antes de morir; y a Charlotte, sola en la rectoría, después de perder a todos sus hermanos, escribiendo. Pero, sobre todo, las evoco siendo niñas, correteando por los páramos y abriendo ante ellas, a través de su imaginación, un universo de maravillas.


1 Citado por María José Coperías, en su introducción a Jane Eyre, página 35.

2 Citado por Elizabeth Gaskell, Vida de Charlotte Brontë, página 177. 



BIBLIOGRAFÍA 
-          Brontë, Anne, Agnes Grey, Madrid, Cátedra, 2000. La inquilina de Wildfell Hall, Barcelona, Debolsillo, 2003.
-          Brontë, Charlotte, Jane Eyre, Madrid, Cátedra, 1996. Villette, Barcelona, Alba, 2005. Shirley, Barcelona, Alba, 2001. El profesor, Barcelona, Alba, 2002.
-          Brontë, Emily, Cumbres borrascosas, Madrid, Anaya, 1998. Edición de Carmen Martín Gaite, Barcelona, Círculo de Lectores, 1994.
-          Gaskell, Elizabeth, Vida de Charlotte Brontë, Barcelona, Alba, 2000.
-          Montero, Rosa, “Las hermanas Brontë, valientes y libres”. Historias de mujeres. Madrid, Alfaguara, 2007.



 

9 de enero de 2013

EL LARGO CAMINO A ÍTACA



Cuando leí la Odisea por primera vez tenía veintiún años y entonces no imaginaba que se acabaría convirtiendo en una de las obras que marcarían mi vida. A lo largo de los años, la historia del viaje de Ulises de vuelta a su hogar ha salido a mi encuentro en numerosas circunstancias sin pretenderlo, sin buscarlo. Estas casualidades y la relectura del libro han hecho que poco a poco haya ido comprendiendo el alcance de su significado.

       Para los que no lo sepan, la Odisea, la epopeya atribuida al poeta griego Homero, narra el viaje que emprende Ulises (Odiseo) de regreso a su tierra, Ítaca, al finalizar la guerra de Troya, una larga travesía a lo largo de diez años. Gracias a esta obra, el término odisea significa “viaje largo lleno de hechos adversos y de dificultades que pasa una persona para conseguir un fin determinado”.





La alegoría central de esta epopeya es la negativa de Ulises a morir al final del período que le corresponde, es decir, la resistencia del rey a morir al término de su reinado. A partir de aquí, todas las aventuras vividas por el personaje a lo largo del viaje de regreso a Ítaca son su rechazo constante de la muerte. De hecho, ya la elude cuando es herido por un jabalí al alcanzar la mayoría de edad, conservando la cicatriz en el muslo como señal de haber burlado al destino. Pero el viaje de Ulises es mucho más que esto.

El largo viaje de Ulises es una búsqueda, la búsqueda de su hogar y de su familia, pero también una exploración de su propia identidad, una búsqueda que lo lleva al conocimiento de sí mismo. Además, su viaje es la restauración de un orden ideal anterior, la recuperación de un pasado perdido. Cuando Ulises triunfa sobre sus enemigos restaura una sociedad en la que se reconocerá su verdadera identidad. 

         Sin embargo, el Ulises que llega a Ítaca como un viejo mendigo, irreconocible para todos, ya no es la misma persona que el Ulises que partió rumbo a Troya. Ha superado pruebas, soportado reveses y aprendido lecciones, lo que le ha hecho evolucionar. El único reconocimiento inmediato y espontáneo es el del perro Argos, como si la continuidad del individuo se manifestase solamente a través de señales perceptibles por un animal. Las pruebas de su identidad son para la nodriza la cicatriz de la dentellada del jabalí, para su mujer el secreto de la fabricación del lecho nupcial con una raíz de olivo, para el padre una lista de árboles frutales, señales todas que nada tienen de realeza y que equiparan a un héroe con un hombre cualquiera. A estas señales se añaden la fuerza física, una combatividad despiadada contra los enemigos, y, sobre todo, el favor evidente de los dioses, que es lo que convence también a Telémaco, pero solo por un acto de fe.

Por otra parte, mientras Ulises realiza el viaje de regreso a Ítaca, Telémaco busca a su padre, búsqueda que le sirve al hijo para encontrar su propia identidad. La diosa Atenea se ocupa de prepararlo para la próxima reunión de la familia; adopta un aspecto masculino para encontrarse con Telémaco y le anima a indagar acerca del paradero de su padre. Telémaco parte en un viaje de iniciación acompañado por Atenea, que ha adoptado la figura de un amigo de la familia, Mentor. Con esta apariencia permanece siempre a su lado, apoyándolo continuamente con consejos y acciones. Por eso en nuestros días, a un consejero bienintencionado se le llama mentor.

        Italo Calvino dijo que hay muchas odiseas en la Odisea. Y el significado último de esta epopeya siempre nos llevará a identificar el viaje de Ulises con nuestras propias vidas. Recordemos el hermoso poema Ítaca, del poeta alejandrino Konstantinos Kavafis, que nos canta ese viaje al conocimiento de sí mismo que emprende Ulises en el camino de regreso a casa, y cada uno de nosotros, a lo largo de la vida.

ÍTACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti. 


Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios. 


Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. 


Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte. 


Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.


25 de noviembre de 2012

EL MITO DEL CID EN LA CULTURA ESPAÑOLA



El personaje de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, se ha convertido, como el rey Arturo en la cultura anglosajona, en el héroe nacional castellano por excelencia.
Si atendemos a las fuentes históricas, el caso del Cid cuenta con numerosos textos escritos en varias lenguas y fechados en épocas diferentes: la Historia Roderici relatada en latín es quizás el recurso histórico que mejor nos ayuda a comprender la verdadera identidad detrás del mito; en árabe están los comentarios del historiador andalusí Ibn Alqama (reproducidos en la obra del historiador del siglo XIV, Ibn Idhari); y, por último, del siglo XIII y en castellano data la Primera Crónica General del rey Alfonso X.
Sin embargo, el mito del Cid no se construyó a partir de estas fuentes históricas, sino a partir de leyendas sobre sus hazañas que se transmitieron de boca en boca hasta cristalizar en un relato en verso conocido como el Cantar de Mio Cid. Gracias a este poema la figura del Cid ha alcanzado, varios siglos después, dimensiones extraliterarias, convirtiéndose en el máximo héroe nacional cristiano de la historia de España, e influyendo, en mayor o menor medida, en nuestra cultura.

El personaje de Rodrigo Díaz de Vivar representa el ideal de progreso personal gracias al esfuerzo individual. El Cid es dotado por el poeta de una humanidad impresionante; es un hombre íntegro que recupera el favor del rey gracias a su esfuerzo y se hace respetar y admirar por los suyos y por sus enemigos. Sus virtudes heroicas se ven completadas con la ternura y el cariño que muestra hacia su familia. Es también un hombre religioso que en la cumbre de su gloria no se olvida nunca de agradecer los beneficios recibidos. Pero la cualidad que destaca sobre todas las demás es la mesura, pieza clave de su carácter. Nos encontramos, pues, ante un héroe idealizado, perfecto, pero de una perfección no sobrenatural.
Todo esto ha contribuido a crear el mito del Cid como modelo de héroe nacional, y la caracterización del personaje en el Cantar ha traspasado sus versos para acabar influyendo en nuestros valores. La generosidad, la fidelidad, los lazos familiares, la honradez, la justicia… forman parte de los principios que nos permiten orientar nuestro comportamiento con el fin de realizarnos como personas.
Otro aspecto interesante son las directrices ideológicas del Cantar, representadas por el protagonista. Menéndez Pidal defiende que el poema es una expresión de la idea unitaria de España; subraya que el Cid incorpora a sus tropas gentes de los diversos reinos. Por otra parte, hay en el Poema una defensa del mérito personal, como hemos dicho anteriormente, y de la prioridad del derecho público sobre el privado, así como una censura a los que no cumplen con su deber dentro del sistema. Podemos decir que todo esto convierte al personaje del Cid en un representante de valores actuales, lejos del contexto medieval.


            El mito del Cid configurado por el Cantar  ha tenido continuidad en la literatura, y también en la pintura, la música o el cine.
Su presencia en la literatura es constante y llega hasta nuestros días. Así, tenemos el romancero del Cid, del que derivan obras teatrales del siglo XVI, continúa en el siglo XVIII, en el Romanticismo y en el siglo XX, hasta llegar al siglo XXI con la biografía novelada El Cid de José Luis Corral.
También hay que destacar la creación de numerosas ediciones adaptadas para los más pequeños (Mi primer Cid, de José María Plaza, El Cid contado a los niños, de Rosa Navarro Durán) lo que ha permitido su difusión en la etapa de Educación Primaria, no limitándose así a la Educación Secundaria y el Bachillerato.
El cine, a su vez, ha contribuido a la popularidad de la figura del Cid, destacando la película de Anthony Mann, y el largometraje de dibujos animados El Cid, la leyenda. También en la pequeña pantalla ha tenido su espacio con la serie de dibujos animados de principios de los ochenta Ruy, el pequeño Cid.
Asimismo, el mito está presente en otras manifestaciones artísticas, como la música, la escultura o la pintura.

Por último, es interesante señalar la importancia que está teniendo el personaje del Cid, su historia y el Cantar para el turismo cultural, con la creación del Camino del Cid (similar al Camino de Santiago), utilizando un salvoconducto, que es una credencial que se va sellando en las diferentes localidades de la ruta. El salvoconducto recuerda el documento que durante la Edad Media se utilizaba para asegurar el paso libre y seguro de viajeros y mercancí­­as. De modo alegórico, el Cid concede ahora ese paso seguro a los viajeros del siglo XXI a lo largo de todo el Camino.

24 de noviembre de 2012

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ



 El siguiente texto lo escribí como introducción a una obra teatral sobre Miguel Hernández, representada por los alumnos en 2010 con motivo del centenario del nacimiento del poeta.



Hace cien años nació, muy cerca de aquí, en la levantina ciudad de Orihuela, un poeta que siempre se mantendrá joven en nuestros corazones, pues murió sin haber cumplido 32 años, en una cárcel de Alicante, víctima de una serie de circunstancias sociales, políticas y, en último término, físicas, que le condicionaron una vida difícil y breve.
Este poeta fue Miguel Hernández, quien, a lo largo de su corta existencia, como un “rayo que no cesa”, escribió una importante obra poética que lo llevaría a ser llamado “el gran poeta del pueblo” o “el primer poeta de nuestra guerra”. Y así fue: Miguel Hernández versificó nuestra historia, al tiempo que luchaba en el campo de batalla defendiendo sus ideales. 

                Hoy vamos a conocer su vida y su obra a través de una representación que seguirá las mismas etapas en que se dividen, de forma paralela, su existencia y su poesía.

La primera etapa se centra en su infancia y en el tema de la naturaleza. Con apenas quince años, su padre lo saca de la escuela para que eche una mano al sustento familiar, ayudando en el pequeño negocio pecuario. Miguel, pues, siendo niño aún, cuidó el rebaño doméstico y repartió la leche por los alrededores campesinos de su ciudad natal, lo que le proporcionó un temprano y fecundo contacto con la naturaleza, contacto que se refleja en sus poemas. Pero Miguel era un excelente estudiante, de manera que, a pesar de las dificultades y de la oposición de su familia, siguió formándose de manera autodidacta a través de la lectura. Poco a poco, con su talento, su determinación y la ayuda inestimable de los libros, Miguel se iría convirtiendo en un gran poeta.

La segunda etapa de su vida, su primera juventud, va unida al tema del amor.
Es el momento en que conoce a Josefina Manresa y se enamora apasionadamente de ella. Josefina se convertiría en la mujer de su vida y con ella se casaría. Miguel escribió para ella muy bellos poemas amorosos, como el poema en el que alaba su hermoso pelo negro suelto: “Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo”, poema en el que él se ve dando vueltas en torno a Josefina, sin poder olvidarla, como si fuera su satélite.

Sin embargo, el concepto del amor en la obra poética de Miguel también irá ligado a la destrucción. Como en tanta poesía amorosa, la mujer es la responsable de la tragedia, unas veces por indiferencia y otras por negación expresa, aunque al mismo tiempo represente la inocencia y la pureza -“te me mueres de casta y de sencilla”-, le escribirá a Josefina.

La tercera etapa es fundamental en su vida y en su poesía. Miguel se convierte en un poeta comprometido con la sociedad y el momento político que le toca vivir. Sus poemas surgirán ahora de una historia que se está haciendo y en la que tratan de imprimir su huella. El combatiente y el poeta palpitan en ellos -“la poesía es en mí un arma que dejo en las manos del pueblo”, dirá Miguel- ; es la expresión íntima y vigorosa de un poeta que lucha junto a los milicianos, vive al mismo tiempo la experiencia del amor y la paternidad y trata de convertirse en portavoz y guía de su pueblo envuelto en una lucha sangrienta.

La cuarta y última etapa hace referencia a sus últimos años, período que pasó en la cárcel hasta su muerte. En esta etapa el poeta sufre una triple tragedia: la muerte de su hijo, la guerra y la cárcel, lo que desnudará su poesía hasta la más neta emoción.